Montevideo

Sumba, la isla indonesia donde hay hombres y mujeres que viven como esclavos

Published on July 21, 2026 at 14:50

La noble Norlina Rambu Jola Kalunga, exrectora de la Universidad Cristiana de Sumba (3ª desde la izquierda) rodeada de sus cinco esclavas en Waingapu, el 25 de junio de 2026 — BAY ISMOYO / AFP
La noble Tamu Rambu Margaretha, figura local de la lucha contra la esclavitud, (D) y dos de sus sirvientas que preparan la comida, en el pueblo de Prailiu en Waingapu, el 24 de junio de 2026 — BAY ISMOYO / AFP
Funeral tradicional de un noble en Waingapu, gran ciudad portuaria de la isla de Sumba, el 26 de junio de 2026 — BAY ISMOYO / AFP
El noble Umbu Ana Rara (I) y su esclavo Kanisius Kanyali Hambarita (D) en el pueblo de Tanggedu en el este de la isla indonesia de Sumba, el 23 de junio de 2026 — BAY ISMOYO / AFP
El sacerdote marapu Umbu Remi Deta, en el pueblo de Prailiu en Waingapu en la isla de Sumba el 24 de junio de 2026 — BAY ISMOYO / AFP
En la playa de Walakiri en Waingapu, gran ciudad portuaria de la isla de Sumba, el 24 de junio de 2026 — BAY ISMOYO / AFP
En el funeral de un noble de Sumba en Waingapu, el 26 de junio de 2026 — BAY ISMOYO / AFP
Invitados vestidos con prendas tradicionales en Sumba, para el funeral de un noble en la isla indonesia, el 26 de junio de 2026 — BAY ISMOYO / AFP
El noble Umbu Ana Rara (I) y su esclavo Kanisius Kanyali Hambarita (D) en el pueblo de Tanggedu en el este de la isla indonesia de Sumba, el 23 de junio de 2026 — BAY ISMOYO / AFP
Tumba tradicional en el pueblo de Prailiu en Waingapu, en la isla de Sumba, el 25 de junio de 2026 — BAY ISMOYO / AFP
Casa tradicional de la isla de Sumba con su techo en forma de cono, el 23 de junio de 2026 — BAY ISMOYO / AFP
La noble Norlina Rambu Jola Kalunga, exrectora de la Universidad Cristiana de Sumba (3ª desde la izquierda) rodeada de sus cinco esclavas en Waingapu, el 25 de junio de 2026 — BAY ISMOYO / AFP

A dos horas en avión de las playas de Bali, en la isla indonesia de Sumba, hay hombres y mujeres que viven como esclavos desde que nacen hasta que mueren, de generación en generación, por el peso de la "tradición".

Trabajan para sus amos sin percibir salario, pasan de unos a otros como herencia, a veces sufren maltrato y en el caso de las mujeres algunas son víctimas de violaciones.

Sus hijos correrán la misma suerte porque esta condición "no se puede borrar", afirma Kanisius Kanyali Hambarita.

Este joven de 34 años es esclavo de Umbu Ana Rara, tres años menor que él.

Para llegar a su pueblo de Tengeddu, conocido por sus espectaculares cascadas, hay que recorrer una carretera de baches que serpentea entre el mar y las colinas áridas, a 50 km de Waingapu, la principal ciudad de Sumba. Por el camino se ven cabras y vacas y hasta manadas de caballos salvajes.

En una mañana de junio los dos hombres mastican nueces de betel, de efectos euforizantes, sentados frente a la casa del amo, con su típico tejado cónico.

A simple vista, nada los distingue. 

Visten camiseta y sarong, viven en la misma casa, donde crían gallinas y cerdos y se cocina con leña. Ambos duermen sobre el mismo tipo de estera en el suelo y ninguno tiene cobertura para el móvil.

Umbu Ana Rara dice que trata a su esclavo "como a un miembro de la familia". Le permite ganar un poco de dinero como mototaxista y le confía un pedazo de tierra que cultiva para su propio sustento.

¿Qué opina Kanisius Kanyali Hambarita? "No me opongo a ello, así son las cosas. No es una carga. No es más que el símbolo de una tradición heredada de nuestros antepasados", afirma a la AFP delante de su amo, quien a menudo termina sus frases por él.

Aquí la esclavitud se remonta al siglo XVI, según los historiadores. Indonesia la abolió oficialmente en 1860, cuando el país se encontraba bajo dominio neerlandés pero sigue muy arraigada en la cultura de Sumba, sobre todo en el este.

La isla cuenta con 685.000 habitantes, de los cuales el 80% son cristianos en un país de mayoría musulmana.

La sociedad se divide en tres castas: "los nobles, llamados maramba, a menudo grandes terratenientes, la gente corriente, llamada kabihu, y los esclavos o sirvientes, los atas", explica Martha Hebi, experta en el tema.

A menos que el amo lo libere, el esclavo "no puede perder su condición ni siquiera a través del matrimonio", añade.

Los marambas son los propietarios de la tierra, las vacas y los caballos que crían para las carreras antes de ser exportados. Constituye su principal activo económico junto con los esclavos.

Los atas trabajan de la mañana a la noche, cultivan los campos, que aran con búfalos, y se ocupan de la casa, los niños y los animales. El trato que reciben depende del amo que les toca.

"Hay casos de trabajo forzado en otras partes de Indonesia o de servidumbre temporal, como entre los dayak de Borneo en caso de deudas", explica a la AFP Bondan Kanumoyoso, historiador de la Universidad de Indonesia en Depok. Pero, según él, la esclavitud que se practica en Sumba es única.

Está vinculada al marapu, una religión local que combina el animismo, el culto a los antepasados y el mundo de los espíritus, explica Umbu Remi Deta, sacerdote de esta creencia ancestral.

Cuenta la leyenda "que los marambas obtuvieron atas al llegar a Sumba".

Es difícil determinar cuántos hay.

Una asistenta social que pidió mantener el anonimato calcula que existen "unos 1.700" en el distrito de Sumba Oriental, que cuenta con 350.000 habitantes. Otros estiman que son miles.

Esta isla alejada de los grandes centros urbanos y turísticos, a 2.000 km de Yakarta y a mil km de Bali, permaneció aislada durante mucho tiempo.

Los portugueses en el siglo XVI y la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales en el XVII se abastecían en ella de madera de sándalo y de esclavos, según el antropólogo británico Rodney Needham.

Enviaban los esclavos a Batavia (el antiguo nombre de Yakarta) o a otras regiones de Indonesia, pero también a Madagascar o a Mauricio. 

La llegada de la modernidad no ha alterado el sistema.

"He sufrido bastante desde mi infancia", declara M., un ata de unos cuarenta años a las afueras de su pueblo, Napu, sin la presencia del maramba. La AFP no revela su nombre para preservar su seguridad.

"Me pegaban porque no trabajaba o porque no lo hacía como debía", añade. "En cuanto regresaba del colegio, tenía que volver a trabajar, arrancar la hierba, dar de comer a los cerdos".

A día de hoy los esclavos sufren "violencia no solo física, sino también sexual. Porque, según la tradición, el amo tiene derecho, entre comillas, a 'utilizar' a su sirvienta", confirma Marlin Lomi, pastora y presidenta del sínodo protestante de Sumba oriental.

Un maramba lo reconoce bajo anonimato.

"Si una esclava me gusta pero se niega [a mantener relaciones] golpearé a su marido", declara.

"Las relaciones sexuales no se consideran una violación. Según ellos, solo se trata de ejercer su autoridad sobre lo que les pertenece", recuerda Andy Yentriyani, expresidenta de la Comisión Nacional contra la Violencia hacia las Mujeres (Komnas Perempuan).

Los casos de violencia suelen quedar impunes "porque las víctimas no se atreven a declarar", según Hebi, fundadora de la oenegé Solidaridad para las Mujeres y los Niños de Sumba (Sopan).

En 2024 una esclava de 18 años, violada desde los 13 por su amo y el hijo de este, quedó embarazada y dio a luz antes de denunciar a sus agresores ante la policía de Waingapu.

Según la prensa local, se interrogó al principal sospechoso y a otras diez personas. Dos años después "la investigación no se ha terminado", afirmó a la AFP Dian Sasmita, miembro de la Comisión Indonesia para la Protección de la Infancia (KPAI), que sigue de cerca otros casos.

La joven víctima fue acogida inicialmente por una oenegé y ahora vive en su aldea bajo protección.

Según el pastor Marlin Lomi el sínodo "ayuda a las víctimas" siempre que denuncien.

Este sistema está muy arraigado y la presión de la élite local es tan fuerte que "para cambiar la mentalidad de los nobles se necesitará un largo proceso", reconoce el antiguo jefe de distrito de Waingapu (de 2008 a 2021), Gidion Mbilijora. El tiene "dos atas". 

La AFP se reunió con él durante el funeral de un noble, que contó con 4.000 invitados, incluidos los atas.

Se celebró según el rito marapu, que observan la mayoría de los habitantes de Sumba, tanto cristianos como musulmanes, y contó con el sacrificio ritual de dos caballos.

Hasta principios de la década de 1990, la policía vigilaba este tipo de ceremonias fúnebres por miedo a que se produjeran sacrificios humanos, afirma la antropóloga estadounidense Janet Hoskins.

Y es que otrora un noble debía ser enterrado en compañía de uno de sus esclavos, según el ritual marapu.

Indonesia prohíbe la esclavitud.

Según la Constitución de 1945, "nadie puede ser sometido a esclavitud ni a servidumbre" y el Código Penal tipifica como delito "a toda persona que, de forma intencionada e ilegal, prive a otra de su libertad".

Pero, al mismo tiempo, el código establece que el Estado reconoce ciertas formas de derecho consuetudinario. 

"Hay que entender que Indonesia es una sociedad extremadamente plural y que el desarrollo social no es el mismo según los grupos étnicos", afirma a la AFP el ministro de Justicia y Derechos Humanos, Yusril Ihza Mahendra.

"El Gobierno no quiere imponer cambios bruscos, sino acompañar el desarrollo social de cada comunidad paso a paso", añade.

El portavoz de Amnistía Internacional Indonesia, Haeril Halim, afirma que el Gobierno "no ha tomado ninguna medida para eliminar las prácticas esclavistas".

En la práctica algunos nobles mejoran la situación de sus esclavos, pero a su ritmo.

En su día, el abuelo de Norlina Rambu Jola Kalunga, al frente de la comunidad protestante de Sumba Central, "concedió la libertad a todos los atas" de esa región, afirma esta mujer.

Pero la exrectora de la Universidad Cristiana de Sumba de 54 años no ha podido emancipar a las cinco de las que se hizo cargo al casarse con el hijo de una familia real de la parte oriental de la isla, en Waingapu. 

Asegura, eso sí, que en su casa rompe este "sistema rígido".

Tamu Rambu Margaretha ha enviado a todas sus "atas" al colegio con sus propios hijos, que posteriormente estudiaron en la universidad.

Antes la mayoría de ellos no sabían leer ni escribir.

"Si alguien es analfabeto, hay muchas cosas que no entenderá, no sabrá qué está bien o mal", afirma.

Mama Margaretha intenta desde hace años romper la cadena de la esclavitud.

Procedente de un pueblo situado a 60 km, esta mujer con fama de progresista llegó con sus cinco sirvientas a Waingapu en 1969 para casarse con un noble.

"Es la tradición aquí en Sumba. Si perteneces a la clase noble, las sirvientas te siguen. Esto existe desde los tiempos de nuestros antepasados", explica la anciana.

Todos viven con sus hijos en las propiedades de la familia. 

Mama Margaretha cubre los gastos de sus atas y dice que "no se opondrá" a que se marchen. Según ella, "ninguna" se lo ha pedido, por razones esencialmente económicas.

"Un día esto cambiará definitivamente. Porque los avances de la ciencia, del conocimiento y de la tecnología permitirán a la gente de clase baja darse cuenta (...) de que este vínculo social ya no es apropiado", afirma el exjefe de distrito Gidion Mbilijora.

M., el ata del pueblo de Napu que tanto sufrió de niño, lo sabe desde hace mucho tiempo.

"Veía al maramba, su forma de vivir. Me decía a mí mismo: 'Es tan fácil para ellos darnos órdenes así...'. Pero yo no me rebelé directamente. Me labré mi propio camino", declaró a la AFP. 

Luchó "para ser independiente", explica.

Sigue siendo esclavo del amo que lo maltrataba pero M. vive ahora con su esposa y sus cuatro hijos en una casa desocupada del maramba, cultiva maíz y yuca en un terreno que él le presta y tiene gallinas y cerdos.

Ahora "hay leyes que nos protegen, tal vez el maramba lo entienda, ya no nos molesta demasiado", añade.

Gracias a la venta de animales y a las becas del gobierno, logró enviar a dos de sus hijos a la universidad. "Si tenemos conocimiento, somos libres", asegura. "Les digo a mis hijos: 'No quiero que paséis por lo que yo pasé'".

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